Estrés & Piel

Podemos definir al estrés como: “aquella tensión provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves”.

El estrés produce cambios fisiológicos, alteraciones en el sistema inmunitario, hormonal, neuro-endócrino, del sistema nervioso central y periférico y de la permeabilidad cutánea, que se expresa en diferentes patologías, algunas ya conocidas y otras en investigación.

La evidencia de que diversos procesos psicoterapéuticos permiten la elaboración del conflicto psicológico-psiquiátrico, mostrando mejoría de pacientes afectos de psoriasis, urticaria crónica, dermatitis atópica, alopecia areata, hiperhidrosis, acné, lupus eritematoso, rosácea, etc, nos permiten hablar de la correlación entre el stress y la piel.

Por tanto, tras lo anteriormente expuesto, nos animamos a plantear que buena parte de los procesos dermatológicos pueden estar íntimamente relacionados al fenómeno de la angustia.

El cuerpo humano es cuerpo en cuanto está habitado por un ser que habla, de lo contrario, hablaríamos de un organismo animal. El lenguaje, la palabra, la historia del sujeto, sus contingencias, sus elecciones en la vida, todas ellas pertenecen al “discurso” en el cual ha crecido.

Situaciones de angustia tanto de forma aguda como crónica son siempre escenas de la vida que conllevan palabras, y por lo tanto, son estas palabras las que generan el sufrimiento humano y será el cuerpo, en tanto habitado por un ser hablante, el que comunicará de un modo u otro el exceso de displacer. Si la angustia logra tramitarse, lo que se dice actualmente “ser elaborada”, es casi aceptado en la literatura psiquiátrica – psicoanalítica que no producirá modificaciones a nivel orgánico. En caso contrario nos encontraremos que ese “exceso” de malestar psíquico que no ha sido “elaborado” se desplaza al cuerpo; y dependerá de cada quien, la expresión que tomará. En unas ocasiones podrá desencadenar la enfermedad (para la que posiblemente exista una predisposición genética), en otras empeorará el proceso de la enfermedad o determinará su cronicidad.

No debemos olvidar que el afecto de la angustia no se expresa del mismo modo en todos los humanos: distinguir estructuras psicopatológicas como pueden ser psicosis y neurosis es imprescindible para el buen diagnóstico y posterior tratamiento.

Muchas enfermedades ocasionan sufrimiento humano y a su vez, como hemos comentado, el estrés puede determinar la aparición o el empeoramiento de un proceso determinado. Sin embargo, en las enfermedades dermatológicas, existen rasgos esenciales que determinan que el estrés pueda condicionar la evolución de la enfermedad.

1. Las lesiones cutáneas se ven, se tocan y a veces, incluso se huelen: esto determina que al estrés normal que ocasiona cualquier enfermedad, se sume la percepción individual de un rechazo social y/o laboral y/o sexual. Esta percepción puede ocasionar el aislamiento del paciente y la consecuente depresión, con empeoramiento de los síntomas, y la aparición de un círculo vicioso: más lesiones- más aislamiento- más sufrimiento (personal o familiar)- menor cumplimiento del tratamiento- más desprecio a uno mismo-mayor sufrimiento. Si las lesiones son severas, el problema no es sólo de percepción, sino es real: ¿cómo vas a acercarte al chico que te gusta con todas las manos llenas de escamas o grietas? ¿cómo vas a una entrevista de trabajo con toda la cara llena de granos? ¿cómo vas a escribir un examen limpio si sólo la idea de examinarte hace que tus manos transpiren profusamente?.

2. Además de verse, las lesiones cutáneas son molestas: es frecuente el prurito: gran enemigo del ser humano, que impide la concentración en los estudios, el trabajo o el sueño. A veces es tan intenso que por el rascado se producen excoriaciones, que empeoran el aspecto del proceso dermatológico y generan sentimientos de culpa que aumentan el estrés: “¿por qué te rascas?”, “ya te he dicho que no te rasques”, “otra vez te estás rascando?”.

3. Cuánto más nerviosa se pone una persona, más se acentúan los signos (alopecia areata, atopia, psoriasis, liquen plano, eritema, rosácea, hiperhidrosis…) y los síntomas (picor, quemazón, desazón) y por tanto: empeoran las lesiones cutáneas. De este modo, la angustia incrementa nuevamente, retroalimentando el proceso dermatológico de base que, consecuentemente, empeora.

4. Los tratamientos dermatológicos son en general largos y pesados: baños, cremas, champú, lociones…. que además de llevar su tiempo, impiden una vida social normal “¿cómo te vas a pasear una semana con 2 frascos de champú, 3 cremas y 4 lociones? ¿dónde escondes semejante neceser? ¿con quién compartirás habitación? ¿harás el tratamiento antes de que los demás se levanten? ¿suspenderás el tratamiento durante estos días para que nadie se entere a pesar del riesgo de recaída de las lesiones durante la semana? . Lo que era una oferta lúdica y relajante para sus amigos, se está convirtiendo, para la persona afecta de un proceso dermatológico extenso, en un problema incluso antes de ir a la excursión, y por tanto, en un nuevo motivo de estrés.

Estudios estadísticos indican que el 40% de todos los trastornos de la piel están relacionados con el estrés, si bien muchos clínicos consideran que la proporción es aún mayor.

Para algunos autores, el estrés puede ser el único responsable de ciertas afecciones de la piel, como las excoriaciones neuróticas y la dermatitis artefacta. En otros trastornos, tales como el liquen crónico simple y el prurito anogenital, el estrés agrava los síntomas. Los componentes emocionales ligados al estrés pueden mantener o precipitar ciertos cuadros clínicos tales como la urticaria, el acné, el herpes simple, el eccema, la rosácea, y otros muchos. A ello se agrega con frecuencia la creación de un círculo vicioso provocado por las repercusiones sociales de los problemas cutáneos desagradables, lo que constituye una nueva fuente de displacer para el sujeto en cuestión.

El abordaje de muchos pacientes dermatológicos debería comprender la evaluación de los mismos por una persona suficientemente capacitada para entender sus emociones y la forma de canalizarlas. Sólo así conseguiremos un enfoque diagnóstico y terapéutico que permita al paciente mejorar tanto en sus lesiones cutáneas como en su calidad de vida.